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Italiani Oltreconfine

LA CIUDADANÍA NO ES UN PASAPORTE: ENTRE EL AUTOMATISMO Y EL CIERRE EXISTE UNA POTENCIAL TERCERA VÍA

  • italianioltreconfi
  • hace 3 días
  • 7 min de lectura

Durante el último año, el debate sobre la ciudadanía italiana ha vuelto con fuerza al centro de la atención pública, especialmente tras las recientes modificaciones legislativas que afectaron el reconocimiento de la ciudadanía para los nacidos en el extranjero.


Antes de entrar en el fondo de la cuestión, considero necesaria una aclaración.


Las reflexiones que siguen se refieren exclusivamente a la ciudadanía italiana transmitida por descendencia (ius sanguinis).


No se refieren en modo alguno al ius soli, al que siempre me he declarado contrario, ni a los procedimientos ordinarios de adquisición de la ciudadanía por naturalización.


Se trata de dos temas profundamente distintos, que merecen ser abordados por separado.


La cuestión que deseo plantear afecta a millones de personas en todo el mundo que descienden de emigrantes italianos y que, muchas veces desde hace generaciones, continúan manteniendo un fuerte vínculo con Italia a través de la familia, la cultura, el idioma, el asociacionismo, sus raíces y las relaciones construidas a lo largo del tiempo con nuestro país.


Durante demasiado tiempo el debate público se ha desarrollado como si solo existieran dos posibles alternativas.


Por un lado, están quienes sostienen la transmisión automática e ilimitada de la ciudadanía, independientemente de cualquier evaluación sobre la relación efectiva con Italia.


"Si tienes sangre italiana, eres italiano."


Es probablemente el lema más conocido de esta postura, particularmente difundida en algunas realidades de la emigración histórica, sobre todo en Sudamérica, y promovida políticamente principalmente por el MAIE (Movimiento Asociativo Italianos en el Exterior).

Por otro lado, se encuentra la convicción, asumida por el actual Gobierno a través de la reciente reforma de la ciudadanía, según la cual el transcurso de un número limitado de generaciones, la posesión de una segunda ciudadanía por parte de los padres o los abuelos y el hecho de que estos no hayan nacido o residido en Italia antes del nacimiento de sus hijos son elementos suficientes para interrumpir, total o parcialmente, el vínculo con nuestro país.


Personalmente no comparto plenamente ninguna de estas dos posiciones.

Creo que ambas solo captan una parte del problema.


Por un lado, resulta difícil sostener que la ciudadanía deba seguir transmitiéndose automáticamente hasta el infinito, sin ninguna verificación de la relación con la comunidad nacional italiana.


Por otro, resulta igualmente difícil sostener que el simple paso de varias generaciones sea suficiente para borrar historias familiares, identidades culturales y vínculos que, en muchísimos casos, continúan viviendo con extraordinaria fuerza incluso después de décadas.


La realidad de las comunidades italianas en el mundo demuestra diariamente exactamente lo contrario.


Quisiera poner un ejemplo personal.


Paradójicamente, el hijo de mi hijo, nacido en el extranjero, podría no tener un derecho automático a la ciudadanía italiana porque hace años decidí adquirir, por naturalización, la ciudadanía del país que me acoge desde hace casi treinta años.


Poco importa si mi nieto hablará italiano.


Poco importa si heredará una empresa familiar dedicada a la promoción y distribución de productos italianos en el extranjero.


Poco importa si crecerá respirando cultura italiana, manteniendo vivos los vínculos con sus familiares en Italia y desarrollando un profundo sentido de pertenencia a sus raíces.

Según el actual enfoque legislativo, todo ello podría no ser suficiente.


Sin embargo, la realidad de las comunidades italianas en el exterior cuenta una historia muy diferente.


Existen familias que, aun viviendo fuera de Italia desde hace varias generaciones, continúan hablando nuestro idioma, promoviendo nuestra cultura, participando en asociaciones italianas, manteniendo relaciones con familiares residentes en Italia, invirtiendo en nuestro país, visitándolo regularmente y transmitiendo a sus hijos un profundo sentimiento de pertenencia a su origen italiano.


Muchas de estas personas hoy se ven privadas de la posibilidad de transmitir automáticamente la ciudadanía a sus hijos.


Y lo afirmo también sobre la base de una experiencia personal.


En los momentos más difíciles para la presencia italiana en la República Dominicana fueron precisamente numerosas familias ítalo-descendientes las que defendieron con mayor determinación el honor y los intereses de Italia.


Me refiero al caso del cierre de la Embajada de Italia en Santo Domingo.


Una decisión que provocó una movilización sin precedentes y que convirtió a una pequeña comunidad italiana del Caribe en uno de los principales temas del debate político de los italianos en el exterior.


Aquella batalla involucró a parlamentarios, asociaciones y ciudadanos, hasta llegar al Tribunal Administrativo Regional (TAR) del Lazio, donde el Estado italiano fue derrotado.


Es difícil sostener que personas capaces de demostrar un apego semejante puedan ser consideradas simplemente solicitantes de un pasaporte.


Reducirlas a la categoría de simples "solicitantes de un pasaporte" es, en mi opinión, profundamente injusto.


Al mismo tiempo, sería igualmente ingenuo ignorar que durante las últimas décadas se han desarrollado fenómenos de utilización puramente instrumental de la ciudadanía italiana.

Existen personas que no hablan nuestro idioma, no conocen nuestra historia, no mantienen ninguna relación con nuestro país ni muestran interés alguno por la comunidad nacional italiana, pero que consideran la ciudadanía únicamente como la oportunidad de obtener un pasaporte de la Unión Europea.


Y es precisamente aquí donde, en mi opinión, se encuentra el verdadero núcleo de la cuestión.


La ciudadanía no puede interpretarse exclusivamente como la expedición de un documento de viaje.


No puede reducirse a un instrumento de movilidad internacional.


No puede convertirse en una simple oportunidad administrativa.


La ciudadanía representa algo mucho más profundo. Representa el reconocimiento de una pertenencia.


De una historia. De una identidad. De una comunidad nacional.


Por ello considero que la ciudadanía italiana debe conservar una cierta sacralidad. No en sentido religioso. Sino en el sentido más elevado del término.


Representa el reconocimiento formal de un vínculo con la Nación italiana, con su historia, su cultura, su idioma y los valores que, desde hace siglos, caracterizan a nuestro pueblo.


Y es precisamente esa sacralidad la que impone al Estado el deber de protegerla de toda forma de banalización.


Por un lado, evitando que se convierta en un simple "pasaporte de conveniencia". Por otro, evitando que sea negada a personas que, aun viviendo en el extranjero desde hace generaciones, continúan sintiéndose profundamente italianas.


Por ello considero que el verdadero objetivo no debería ser restringir indiscriminadamente el acceso a la ciudadanía ni mantener una transmisión completamente automática y carente de cualquier tipo de verificación. El objetivo debería ser otro. Preservar su valor. Defender su prestigio. Garantizar que continúe representando el reconocimiento de un auténtico vínculo con la Nación.


Naturalmente, identificar criterios objetivos para medir ese vínculo no es sencillo. De hecho, probablemente constituye uno de los mayores desafíos que el legislador pueda afrontar. Sin embargo, que sea difícil no significa que sea imposible.


El principal obstáculo consiste precisamente en identificar elementos objetivos que permitan demostrar la existencia de una relación concreta con Italia.


Una simple residencia de dos años consecutivos en Italia, fácilmente instrumentalizable, o la obligación impuesta a un padre o a un abuelo de renunciar a una segunda ciudadanía adquirida con el paso del tiempo, como ocurre en mi caso personal, representan criterios que considero excesivamente restrictivos.


El verdadero desafío consiste en construir un sistema capaz de evaluar ese vínculo en toda su complejidad. El conocimiento del idioma italiano. El mantenimiento de relaciones familiares con nuestro país. La participación en la vida de las comunidades italianas en el exterior. El compromiso con el asociacionismo. La promoción de la cultura italiana. La actividad empresarial y comercial vinculada a Italia. La frecuencia con la que se visita el territorio nacional.


Todos estos son elementos que, considerados de manera aislada, probablemente no basten. Pero evaluados en su conjunto podrían ofrecer una imagen mucho más fiel de la relación real que una persona mantiene con Italia.


No se trata de convertir la ciudadanía en una concesión discrecional. Se trata, más bien, de encontrar un punto de equilibrio entre el derecho derivado de la descendencia y la necesidad de preservar el verdadero significado de la pertenencia a la comunidad nacional.


El ius sanguinis merece ser defendido.


No solo porque representa uno de los pilares históricos de la identidad italiana.

Sino porque cuenta la historia de millones de familias que han contribuido a difundir Italia por el mundo.


Defenderlo, sin embargo, no significa renunciar a una reflexión seria sobre cómo mantenerlo vivo y creíble también para las generaciones futuras.

Significa evitar que quede reducido a un simple factor biológico vinculado exclusivamente al ADN.


Desde este punto de vista considero particularmente interesante, por ejemplo, el modelo portugués de la Lei da Nacionalidade.


Aunque persigue un objetivo muy similar al declarado por la reciente reforma italiana —combatir los abusos y los llamados "pasaportes de conveniencia"—, adopta instrumentos jurídicos que, a mi juicio, están mucho más orientados a verificar la existencia de un vínculo real con la comunidad nacional.


Quizá sea precisamente sobre este terreno donde debería concentrarse el debate.

No en contraponer ideológicamente a quienes defienden el ius sanguinis con quienes consideran necesarias ciertas limitaciones.


Sino en preguntarse cómo es posible distinguir, de la forma más objetiva posible, entre quien busca únicamente un documento y quien, por el contrario, solicita el reconocimiento de una identidad que continúa viva dentro de su familia desde hace generaciones.

Italia posee una de las mayores diásporas del mundo.


Millones de personas continúan promoviendo cada día nuestro país a través del trabajo, la empresa, la cultura, la investigación, el comercio, el turismo y las relaciones internacionales.

No son un problema que gestionar.


Son un recurso estratégico que valorar.


Por este motivo considero que el debate sobre la ciudadanía debe salir de la lógica de los eslóganes y de las confrontaciones ideológicas.


Entre la posición de quienes consideran suficiente la sola sangre y la de quienes fundamentan la pérdida del derecho en una serie de condiciones jurídicas que no siempre reflejan la verdadera relación con Italia, creo que puede existir una tercera vía.


No será el camino más sencillo.


Probablemente tampoco será el más popular.


Pero podría ser el más justo.


Un camino basado en el sentido común.


Un camino que reconozca el valor del ius sanguinis sin olvidar que la ciudadanía, antes incluso de ser un derecho, representa el reconocimiento de la pertenencia a una comunidad nacional, cultural e histórica que sigue viva mucho más allá de las fronteras de la República.

 

FLAVIO BELLINATO

Italiani Oltreconfine

 
 
 

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